Cuando pensamos en un tumor cerebral, solemos imaginar un grupo de células malignas creciendo sin control. Sin embargo, en el caso de los gliomas, la realidad es mucho más compleja: estas células no están solas, sino rodeadas de un ecosistema dinámico que les da soporte, las protege y, en muchos casos las vuelve prácticamente invencibles.
Ese ecosistema es el microambiente tumoral (TME): un auténtico campo de batalla donde se enfrentan las defensas del cuerpo contra las estrategias adaptativas del tumor. Hoy sabemos que tres protagonistas marcan la diferencia en este entorno: las células inmunes, la angiogénesis y la plasticidad tumoral.
Células inmunes y su reprogramación en el microambiente tumoral
En un mundo ideal, las células inmunitarias deberían eliminar el tumor. Pero en el caso de los gliomas, sucede lo opuesto: el cáncer las manipula para que operen a su favor.
Los macrófagos asociados al tumor (TAMs) tienen el potencial de representar el 50% del volumen celular del glioblastoma. En vez de atacar, secretan moléculas como IL-10 y TGF-β que inhiben la reacción de los linfocitos T e impulsan un ambiente tolerante.
Incluso bloquean la presentación de antígenos, lo que impide que el sistema inmune “reconozca” las células malignas.
Asimismo, los gliomas emiten vesículas extracelulares que modifican a otras células inmunitarias, convirtiéndolas en aliadas que inhiben aún más la respuesta antitumoral. Resultado: el tumor construye un “escudo biológico” a partir de nuestras propias defensas.
Angiogénesis: los vasos sanguíneos al servicio del tumor
El tumor requiere oxígeno y nutrientes para crecer. ¿La respuesta? Formar sus propios vasos sanguíneos, pero de manera desordenada y corrupta.
Los gliomas secretan factores como el PDGF, VEGF y TGF-β, que provocan una red vascular permeable e irregular.
En ocasiones, no es necesario crear nuevos vasos: simplemente roban los que ya existen o producen estructuras vasculares «de imitación» a partir de células tumorales; este proceso se conoce como mimetismo vascular.
Estos vasos anómalos no solo nutren al tumor, sino que además robustecen la inmunosupresión: obstaculizan la llegada de linfocitos y favorecen el aumento de las células supresoras derivadas de mieloides (MDSCs) y las células T reguladoras. Actualmente, la ciencia explora terapias de “normalización vascular”, que busca revertir este caos y volver a hacer los vasos funcionales para mejorar tanto el tratamiento como la inmunidad.
Plasticidad tumoral: un enemigo que nunca deja de transformarse
Los gliomas se distinguen por su habilidad para adaptarse.
El TME permite que las células tumorales modifiquen su «identidad» funcional y genética de acuerdo con sus necesidades, desde parecer células madre neurales hasta asemejarse a astrocitos o progenitores radiales.
Este camaleonismo no es fortuito: se nutre de nichos como las áreas hipóxicas (con bajo contenido de oxígeno) o el perivascular (alrededor de los vasos sanguíneos), donde estímulos ambientales promueven la autorrenovación y resistencia.
En la práctica, esta plasticidad es la razón por la cual los gliomas no responden adecuadamente a las terapias y, a pesar de haber sido sometidos a cirugía, quimioterapia o radioterapia, vuelven a crecer.
Conclusión: cambiar las reglas del juego
En los gliomas, el microambiente tumoral es mucho más que un «telón de fondo»; es un colaborador activo que influye en la conducta del tumor.
● Las células inmunes, en lugar de proteger, se vuelven defensoras del glioma.
● La angiogénesis no solamente nutre, sino que también protege al tumor de nuestras defensas.
● Las células malignas pueden reinventarse repetidamente gracias a la plasticidad.
Comprender este campo de batalla oculto posibilita que se desarrollen nuevas tácticas: reprogramar las defensas inmunitarias, normalizar los vasos sanguíneos y detener la capacidad camaleónica del tumor. En el futuro, una perspectiva combinada podría transformar el futuro de miles de pacientes.
Referencias
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