Movimiento y organización para que la vida fluya

 

Todo ser vivo está compuesto por células, no hay quien se salve. La ciencia de la vida que escapa a la resolución del ojo humano es la de las células. Comprender algo que no vemos a simple vista nos cuesta. Más si aun usando aparatos como el microscopio convencional podemos ver, en el mejor de los casos, el núcleo, una bola que pareciera suspendida como si flotara dentro de las células.

Vos, ¿cómo te imaginás una célula por dentro? 

La realidad supera la ficción también en la vida microscópica. 

¿Cómo es posible que dentro de una sola célula, de un humano, por ejemplo, quepan más de dos metros de material genético? Estamos hablando de algo que se mide en el orden de la milésima parte de un milímetro. Allí también hay que meter las mitocondrias y demás organelas que, juntas, alcanzan varios metros de largo si se pusieran una tras otra, y las proteínas que, bajita la mano, sobrepasan los mil millones en cantidad, y al extender sus cadenas de aminoácidos ¡superarían los 100 kilómetros de longitud! Esa es la distancia que hay de Medellín a Sonsón.

La respuesta para esto es la organización.

De aquí que las células gasten tanto tiempo y energía tratando de organizar su casa. Es la vida con sus enseñanzas, mostrándonos cómo fluye mejor la energía.

Hay quienes estudian la vida para ganarse la comida, hay quienes lo hacen para enseñar y otros, para que su nombre sea reconocido, tanto, que creen, fútilmente, que ese reconocimiento le importa a la vida. Por mi parte, comienzo a comprender que el estudio de la vida sirve para enseñarnos a vivir mejor, es la biología como forma de vida. 

Ahora bien, si imaginas una casa (la célula) y por dentro todos sus componentes, todo debería, en gracia de la gravedad, estar de alguna manera conectado al suelo. Sin embargo, observamos núcleos en la mitad, organelas que parecen flotar en el espacio citoplasmático y moléculas en diferentes lugares, por todas partes. Todos estos componentes no están simplemente flotando o levitando, necesitan estar organizados y de alguna manera adheridos. Esta es, en parte, la función del citoesqueleto. Una célula sana solamente se divide después de que tenga su ‘casa’ organizada, y es tal el orden que, en el caso de nuestras células, reparten de a 23 cromosomas para cada célula hija, ni uno más, ni uno menos. Una célula que no siga este patrón, no vuelve a dividirse, se muere, y si no se muere, da origen a células desorganizadas y poco funcionales, que originan malformaciones y/o tumores.

Vemos pues cómo la vida se repite en diferentes escalas, o nos organizamos o no funcionamos, o funcionamos mal.

Volviendo a lo microscópico si es que nos fuimos, el encargado de organizar, de repartir la información genética de manera igual y dividir la célula, es el citoesqueleto. La palabra «esqueleto» proviene del griego σκελετός (skeletós), que significa «seco» o «desecado». En su uso más específico se refería al cuerpo humano o animal desecado o momificado. El término griego pasó al latín como squeletus y de ahí al español como «esqueleto», conservando el significado de la estructura ósea que sostiene el cuerpo de los vertebrados. En biología, la palabra en cuestión, acompañada del prefijo ‘cito’, que alude a la célula, da cuenta de su sostén. Sin embargo, además del sostén de los componentes internos de las células y de las funciones mencionadas, el citoesqueleto es el que, gracias a su dinámica, permite que las neuronas generen prolongaciones y se conecten con otras células. En otras palabras, recordamos, pensamos, nos movemos, sentimos, vemos y mucho más, gracias al citoesqueleto. No se agotan aquí sus funciones, podríamos hablar del movimiento en las células del sistema inmune, de las contracciones musculares, de la comunicación entre células, del desarrollo embrionario y muchas otras funciones.

En todo caso, gracias al estudio de la célula, he venido entendiendo cada vez más la importancia de lo básico: movimiento y organización para que la vida fluya.  

Publicado por David.

Académico, pregunto.

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