Entre temblores y escalofríos, Raskolnikov sueña que, al salir de una taberna con su padre, se encuentra un caballo fatigado que acarrea un vagón lleno de personas; el cochero lo golpea insistentemente hasta que el caballo cae, al tiempo que Raskolnikov pide parar los castigos y se acerca compasivamente a abrazar el lacerado cuello del caballo. Cuentan que el 3 de enero de 1889, Nietzsche vivió en Turín un episodio similar: al salir de la casa de su anfitrión, Nietzsche se encuentra un cochero lacerando un fatigado caballo del que prende un carruaje. Él inmediatamente se lanzó al cuello del animal para protegerlo de los golpes, al tiempo que lloraba y murmuraba sobre su pelo. Este evento lo conmovió a tal punto, que muchos consideran fue uno de los eventos que lo condujo a la locura que padeció durante 11 años, hasta el día de su muerte. ¿Será la compasión un evento lejano que solo habita los sueños de Raskolnikov y el delirio de Nietzche?
Somos cómplices históricos del desalmado desarrollo de la humanidad, privilegiando la construcción de civilizaciones donde la naturaleza está allá, lejos, amenazante. Redujimos el único hábitat original a un cuadro triste llamado “paisaje natural”, en el que se resalta cierto “orden” impuesto a todo coste; paisaje donde los animales se asumen como formas de vida inferiores, incapaces que ocupan algún lugar en esta despensa infinita llamada planeta tierra. Encontramos fascinante el reto de enjaular la naturaleza, tal como lo describe Idries Shah al narrar el momento en que el Mulla Nasrudín conoce el halcón: un día, Nasrudín encontró a un fatigado halcón posado en su ventana. Jamás había visto un pájaro igual. Exclamó: ¡pobrecito! ¿cómo es posible que te hayan permitido llegar a este estado? Cortó las garras del halcón, le enderezó el pico y le recortó las plumas. Ahora te pareces más a un pájaro, dijo Nasrudín. Me atrevo a pensar que somos nosotros, la humanidad, el habitante menos compasivo de toda la naturaleza.
Anteponiendo la condición humana, los animales quedan relegados a seres de baja talla intelectual o meras máquinas senti-pensantes incapaces de apreciar la realidad tal como nosotros. Nublados por el antropocentrismo, reconocemos en otros seres vivientes una brutalidad apenas conmovedora. Nada más errado. Los animales, siempre que se les entienda como seres vivos equiparables a los humanos, revelan comportamientos que son apenas el óbice para entrever que compartimos algo más profundo que aquellos usos a los que condenamos sus vidas. Hal Witheheadde y Luke Rendell, en su libro “la vida cultural de las ballenas y delfines”, definen cinco rasgos determinantes que comparten todas las culturas conocidas: el desarrollo de tecnologías; la enseñanza y el aprendizaje; una condición moral con normas e infracciones; una visión adquirida de lo propio y lo extraño; y un carácter autóctono que cambia y crece en el tiempo. Si nos alejamos de la ventana de Nasrudín y observamos el comportamiento de los animales en sus hábitats, veríamos sin dificultad que los elementos resaltados previamente no son de presencia exclusiva en culturas y civilizaciones humanas.
Respecto al desarrollo de tecnologías, los cuervos usan garfios construidos que les permite alcanzar objetos de difícil acceso, así como se sabe que los chimpancés usan más de 12 herramientas con desarrollo propio. La enseñanza y el aprendizaje es esencial durante los primeros estadíos del desarrollo de todo ser viviente, siendo esto crucial en las comunidades de cetáceos, donde alimentarse depende de pescas exitosas que resultan del aprendizaje de nuevas y mejores técnicas, enseñadas por adultos más experimentados. Sobre su condición moral, existen atributos que resaltan una especial noción de justicia, como el rechazo de los monos capuchinos por el trato desigual en las recompensas a los experimentos, reprochando que algunos de los monos se les premie con cerezas y a otros con pepinos. Los animales a su vez reconocen los integrantes de su propia comunidad, tal como el caso de las Orcas y su agresiva respuesta ante la invasión territorial por parte de congéneres de grupos diferentes. Donde la evidencia es más escasa es respecto al carácter autóctono, especialmente por la vida a la que hemos condenado al grueso de las especies: depravación de las condiciones adecuadas para posibilitar su evolución en el tiempo. Es injusto pensar que los animales son libres de crear sus ambientes y ecosistemas, cuando atentamos continuamente contra sus hábitats.
Hasta no hace mucho tiempo, abundaban ideas e historias sobre hombres extraños, salvajes y carentes de alma que no merecían la misericordia divina. Seres que parecían humanos, pero de colores y maneras diferentes, como si hubieran venido de un mundo oscuro e inhumano. Se les consideraba brutos, animales salvajes sobre los que dios no había posado ninguna preocupación al terminar su obra. Bestias, al fin y al cabo, al servicio del hombre blanco. Amparado por el colonialismo, la esclavitud pasó a ser la condena que sostendrían los pueblos afroamericanos y otros nativos durante una porción importante de la historia moderna. Aquella sociedad racista los denominaba animales cercanos al hombre, pero sin algún sentimiento o valor intelectual. El siglo pasado vio la caída de la esclavitud tal como la conocimos, más como un hecho legal y jurídico que como una verdad universal. El reconocimiento legal de los individuos por fuera de su origen y condición ha representado un paso relevante hacia una sociedad más compasiva. Así como hemos levantado la voz por aquellos que su condición no les permitió hacerlo, es justo y bueno replicarlo para otras formas de vida.
Joseph Conrad se acerca al problema a través de los ojos del buen Marlow en El Corazón de las Tinieblas. Al mirar el abismo oscuro de la selva africana, Marlow veía el resplandor de los ojos blancos que brillaban en la oscuridad. El brillo no parecía al del oro, sino al de las estrellas. Sentía que detrás de las maneras y movimientos de esos nativos oscuros se escondía cierta humanidad que asustaba. Lo conmovía pensar que esos seres desconocidos fueran como él: “Aullaban, saltaban, giraban y hacían muecas horribles; pero lo que te emocionaba era pensar en su humanidad (como la tuya) y el remoto parentesco con aquel alboroto salvaje y apasionado”. Para Joseph Conrad era evidente que los ojos del animal son prismas que descomponen el pasado natural que habita en nosotros. La compasión original surge de verse en los ojos del otro, sentir que el reflejo que vemos en su retina es tan suyo como nuestro.
Al final, el amor por lo vivo va más allá de la evidencia y la escritura. Ser consciente de su maravillosa existencia me ayuda a silenciar ese incomodo ego intelectual. Hay algo profundo al mirar los ojos de un animal. Sobre el brillo de su cristalino cae mi reflejo en una claridad que solo conozco en los ojos de otros animales. La compasión y el amor genuino de esa mirada recuerda el vínculo silencioso con la vida, pero en su más clara pureza. Siempre que estoy solo y triste, miro mis animales, pero sobre todo les pido que me miren y acaricien mi corazón un poco. Me alivia mucho pensar que soy algo bueno para ellos y que sueñan conmigo. Me reconforta pensar que ellos están ahí, a pesar de lo benigno y lo maligno.
Autor invitado: Amanda Castaño.
