La relación existente entre el período postparto y la depresión se remonta a muchos años atrás. Hipócrates (700 a. C.) fue el primero en dar pequeñas descripciones acerca de la tristeza que sufrían las mujeres después de parir. Sin embargo, una de las descripciones más extendidas de esta entidad fue en 1968 por Brice Pitt, quien utilizó primera vez el término de depresión posparto.
El término depresión postparto ha sido modificado en la última versión del manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (2013). Se reemplazó por el término “periparto” ya que este último puede aplicarse a todo episodio depresivo de comienzo en el embarazo o en las cuatro semanas posteriores al parto. La razón de este cambio es el hecho de que la mitad de los episodios de depresión postparto comienza en realidad en el embarazo, lo que refleja la continuidad de los problemas afectivos en el periodo perinatal.
Clínicamente la depresión posparto se caracteriza por animo triste, pérdida de interés o placer, perdida de energía, alteraciones en el sueño, retardo psicomotor, sentimiento de inutilidad o culpa, disminución de la concentración y no menos importante, los pensamientos de muerte o suicidio.
Hoy en día conocemos que el desarrollo de la depresión posparto puede ser multicausal. Iniciando por los cambios hormonales fisiológicos propios del embarazo que pueden influir en el desarrollo de la depresión o situaciones psicosociales, como por ejemplo factores económicos, desempleo, poco apoyo familiar o de pareja, el miedo a ser madre, entre otras.
Alrededor del 10% de las mujeres embarazadas y el 13% de las mujeres que acaban de dar a luz en todo el mundo experimentan depresión. En los países no desarrollados, estas cifras son incluso más altas. En casos severos, el sufrimiento de las madres puede ser tan importante que incluso pueden llegar a suicidarse. Además, las madres afectadas no pueden funcionar correctamente ni desempeñar su rol en el hogar. Como resultado, el crecimiento y el desarrollo de los niños también pueden verse afectados negativamente.
Diferentes consecuencias maternas e infantiles podemos obtener al no tratar este problema a tiempo, dentro de estas encontramos un vínculo y apego deficiente, interrupción de la lactancia materna, alteraciones en el desarrollo cognitivo, riesgo de maltrato infantil, suicidio materno, infanticidio y mayor riesgo de recurrencia de episodios depresivos. De ahí la importancia de poder reconocer estos síntomas tanto propios como en las mujeres de nuestro entorno, para que de esta forma puedan buscar ayuda de profesionales expertos en el tema que orienten y brinden un tratamiento integral en las embarazadas.
Existen múltiples intervenciones tanto farmacológicas como no farmacológicas para el manejo de la depresión perinatal, tales como el ejercicio, estrategias de autocuidado, terapia cognitivo conductual e interpersonal, antidepresivos y por último la terapia electroconvulsiva con anestesia y relajación. Cada una de estas estrategias tienen buena evidencia, con resultados positivos sobre la madre siempre y cuando sean ordenados por expertos.
En los últimos años se ha incrementado la atención hacia la depresión perinatal, fortaleciendo las estrategias de prevención e identificación de signos de alarma con el fin de evitar o minimizar numerosas consecuencias negativas que la depresión puede ocasionar a la madre, el entorno familiar y, en particular, a los hijos en diferentes etapas de la vida.
Sara L Johansen. Management of perinatal depression with non-drug interventions . BMJ 2019;364:l322
Constance Guille,MD. Management of Postpartum Depression. J MidwiferyWomens Health 2013;58:643–653

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