Hablar de suicidio salva vidas

El 10 de septiembre se celebró el día mundial contra la prevención del suicido, un comportamiento que cada año cobra más vidas. De acuerdo con los estimativos de la Organización Mundial de la Salud, el suicidio está entre las 10 primeras causas de muerte en cada país y es una de las tres causas principales de muerte en la franja de edad entre 15 y 35 años. El impacto psicológico y social sobre la familia y la sociedad no es mesurable. En promedio, un suicidio individual afecta íntimamente al menos a otras seis personas. Si ocurre en una institución educativa o en el sitio de trabajo, tiene impacto sobre cientos de personas.

La palabra suicidio viene del latín suicidium, que significa sui (así mismo) y cidium que significa (matar). Según Émile Durkheim “se llama suicidio a todo caso de muerte que resulte, directa o indirectamente, de un acto realizado por la víctima misma, sabiendo ella que debía producir este resultado”. Ideación suicida es la presencia de pensamientos autolesivos que conduzcan a la muerte de la misma persona, esta puede ser de alta o baja intensidad. Gesto suicida es la conducta autolesiva con resultado no fatal que se acompaña de evidencia implicita o explicita de que la persona intentaba morir.

El suicidio es una de las mayores causas de muerte a nivel global. Actualmente es la cuarta causa de muerte entre jóvenes entre los 15 y 19 años. Se calcula que anualmente se suicidan 700.000 personas alrededor del mundo, lo que equivale a 1 de cada 100 muertes. La tasa mundial ha aumentado un 60%. Cada año pierden la vida más personas por suicidio que por VIH, paludismo o cáncer de mama, o incluso por guerras y homicidios.

La ingestión de plaguicidas, el ahorcamiento y el disparo con armas de fuego; son algunos de los métodos más comunes de suicidio en el mundo. Si bien el vínculo entre el suicidio y los trastornos mentales (en particular, la depresión y el consumo de alcohol) está bien documentado, muchos casos se dan en personas que lo cometen impulsivamente en situaciones de crisis, en las que su capacidad para afrontar las tensiones de la vida como los problemas económicos, rupturas de relaciones, dolores o enfermedades crónicos, está disminuida. Además, se ha demostrado que vivir conflictos, catástrofes, actos violentos, abusos, pérdida de seres queridos y sensación de aislamiento puede generar conductas suicidas. Las tasas de suicidio también son elevadas entre los grupos vulnerables y discriminados, como los refugiados, migrantes, los pueblos indígenas; las personas, homosexuales, bisexuales, transexuales e intersexuales y los reclusos.

La Organización Mundial de la Salud realiza las siguientes recomendaciones para prevenir el acto suicida:

• Restricción del acceso a los medios más frecuentemente utilizados para el suicidio (por ejemplo, plaguicidas, armas de fuego y ciertos medicamentos).

• Información responsable por parte de los medios de comunicación.

• Identificación temprana, tratamiento y atención de personas con problemas de salud mental y abuso de sustancias, dolores crónicos y trastorno emocional agudo.

• Capacitación de personal de salud no especializado, en la evaluación y gestión de conductas suicidas.

• Seguimiento de la atención prestada a personas que intentaron suicidarse y prestación de apoyo comunitario.

• Apoyar a quienes han perdido a seres queridos que se han suicidado.

• Introducción de políticas orientadas a reducir el consumo nocivo de alcohol.

Finalmente, estos datos reafirman la importancia epidemiológica del tema y la necesidad de estudios en esta área, que permitan establecer medidas efectivas de prevención y de tratamiento. También se recomienda colaborar con las redes sociales para que sean más conscientes del problema y mejoren sus protocolos para detectar y eliminar contenidos perjudiciales.

Referencias

van Heeringen K, Mann JJ. The neurobiology of suicide. Lancet Psychiatry. 2014 doi: 10.1016/S2215-0366(14)70220-2.

Ernst C, Mechawar N, Turecki G. Suicide neurobiology. Prog Neurobiol. 2009 doi: 10.1016/j.pneurobio.2009.09.001.

Carter G, Page A, Large M, Hetrick S, Milner AJ, Bendit N, et. al. Royal Australian and New Zealand College of Psychiatrists clinical practice guideline for the management of deliberate self-harm. Aust N Z J Psychiatry. 2016.  doi: 10.1177/0004867416661039

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